LA NEUROCIENCIA EN LA FIBROMIALGIA

Las emociones son parte de nuestra vida cotidiana, urbana, moderna, neoliberal, utilitarista. Sin embargo, durante un tiempo quedaron fuera del mapa de la ciencia. Quienes han observado este resurgimiento del interés por las emociones como objeto de estudio científico refieren que el proyecto de la modernidad suponía la racionalización de la vida. En este sentido, las emociones eran un freno de la razón, una parte de nuestra animalidad y había que controlarlas. La primera y segunda guerras mundiales mostraron que la racionalidad también producía acciones aberrantes y es esa una de las fisuras por las que las emociones se reincorporan en la explicación de las acciones humanas.

Ahora bien, es hasta los años setenta del siglo pasado que las emociones recobraron su importancia en la psicología no psicoanalítica y en la naciente neurociencia. La visión adoptada seguía muy de cerca la propuesta que Charles Darwin había elaborado en el siglo XIX, animales y humanos comparten emociones; estas últimas existen para la sobrevivencia, son productos innatos, empaquetados y mantenidos por la evolución. Desde otro frente, aparece una sociología de las emociones. Ésta surge en los años setenta del siglo pasado y se consolida en los noventa. La sociología de las emociones nace en contraposición a la visión darwiniana; con una significativa variedad de teorías e investigación empírica muestra la diversidad cultural en las expresiones emocionales, las diferentes etiquetas utilizadas para nombrarlas y cómo la situación social produce o inhibe determinadas emociones.

En la actualidad existen intentos por reconciliar ambas posiciones, o por lo menos de tender puentes entre ellas. Por ejemplo, algunos autores dentro de la sociología de las emociones se refieren a la necesidad de dialogar con la neurociencia y de emprender intersecciones con ésta. El presente trabajo busca contribuir a este diálogo entre disciplinas, mostrando algunos puntos de contacto.
En la primera parte del trabajo, se enunciarán los supuestos de los que parten tanto la sociología de las emociones como la neurociencia de las emociones. La apuesta con esta estrategia es que al conocer al observador y sus límites de observación podemos ver qué aspectos ilumina cada disciplina al estudiar la emoción.

Observar a los observadores
En este trabajo se asume que en todo encuentro cognoscitivo existe una interpretación, un observador. Tal observador no puede verlo todo a un tiempo y, por ello, distingue ciertos elementos como importantes y deja como entorno lo que considera como existente pero no relevante para la explicación. En esta apuesta, seguimos a Niklas Luhmann, sociólogo alemán, que ante las discusiones ya mencionadas propone como instrucción metodológica no observar el objeto, sino mirar a quién observa y qué es lo que enfatiza y qué es lo que deja fuera.

En este caso, y al seguir tal instrucción, es preciso acotar quién observa la emoción y cómo la observa. Los observadores no son personas, son disciplinas. El objetivo de este apartado es precisar qué preocupa a la sociología de las emociones y qué a la neurociencia de las emociones cuando observan la emoción para tener claro cuáles son sus puntos ciegos.

 

 

Ana González

Fisioterapeuta  neuronal

Col·laboradors
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