EL ACOSO DIGITAL Y LA URGENCIA DE PROTEGER A LAS VÍCTIMAS
En los últimos años, el acoso digital se ha convertido en una de las formas de violencia más silenciosas y, a la vez, más devastadoras. Como coach que acompaño a víctimas de violencia y de violencia digital, he podido comprobar de primera mano cómo una pantalla puede convertirse en un arma, y cómo un mensaje, una imagen o un comentario pueden abrir heridas profundas en la salud emocional de una persona.
Muchas personas creen que el acoso digital “no es tan grave” porque no hay contacto físico. Sin embargo, la experiencia me demuestra lo contrario. El móvil no se apaga nunca, las redes sociales están siempre abiertas y el agresor puede entrar en la intimidad de la víctima a cualquier hora del día. La sensación de no tener refugio, de estar permanentemente expuesta, genera un estado de alerta constante que deteriora la autoestima, el sueño y la capacidad de disfrutar de la vida.

En mi acompañamiento con víctimas encuentro patrones que se repiten: miedo, vergüenza, culpa y, sobre todo, un profundo sentimiento de soledad. Muchas mujeres y también hombres tardan meses en pedir ayuda porque creen que nadie las va a entender o que exageran. Otras normalizan el maltrato digital porque ya han vivido violencia en otros ámbitos. El daño psicológico, sin embargo, es real: ansiedad, depresión, ataques de pánico, aislamiento social.
Por eso, proteger a las víctimas no es solo una cuestión legal, sino una responsabilidad humana y social. Es imprescindible crear espacios seguros donde puedan hablar sin ser juzgadas, validar su experiencia y recordarles que no son culpables de lo que están viviendo. Acompañarlas significa escuchar, orientar y ayudarlas a recuperar el control de su vida.
Uno de los aspectos más importantes es la intervención temprana. Cuando el acoso se detecta en sus primeras fases, es mucho más fácil frenarlo y evitar consecuencias más graves. Guardar pruebas, bloquear al agresor, denunciar y buscar apoyo profesional son pasos clave. Pero también lo es trabajar el impacto emocional desde el inicio, antes de que el daño se cronifique y derive en trastornos más profundos.

He visto cómo una intervención a tiempo puede marcar la diferencia entre una persona que logra reconstruirse y otra que queda atrapada durante años en el miedo y la desconfianza. La violencia digital no desaparece sola. Si no se actúa, suele escalar: de los insultos se pasa a las amenazas, de las amenazas a la difamación, y de ahí a un control cada vez más invasivo.
Como sociedad, necesitamos educación emocional y digital, protocolos claros de actuación y una red de apoyo real para las víctimas. Y como profesionales, tenemos el deber de sensibilizar, acompañar y no mirar hacia otro lado.
El acoso digital es una forma de violencia que deja huellas invisibles. Proteger a las víctimas, creer en su palabra y ofrecer soluciones tempranas no solo previene daños mayores: salva vidas y devuelve dignidad. Ese es, para mí, el verdadero sentido de acompañar como coach.




