
CUANDO LA BATALLA DEJA DE ESTAR ENTRE NOSOTRAS
A veces nos pasamos la vida luchando unas contra otras.
Defendiendo nuestra verdad, nuestro espacio, nuestro orgullo… compitiendo por ser vistas, escuchadas o reconocidas. Y quizá no nos damos cuenta de que muchas de esas formas de relacionarnos no comenzaron con nosotras.El linaje también guarda emociones, silencios, miedos y maneras de sobrevivir. Mujeres que tuvieron que ser fuertes, callar, resistir, competir o enfrentarse para abrirse camino. Y, sin querer, algunas de esas respuestas pueden seguir viajando de generación en generación.
Por eso, cuando vemos a dos vikingas luchando, podemos reconocer algo más que una batalla: podemos vernos a nosotras mismas.Dos mujeres enfrentadas, hasta que algo más grande las obliga a detenerse.
A mirar.
A comprender.
Porque quizá la verdadera batalla nunca estuvo entre ellas.

Quizá el reto está en romper aquello que nos enseñó que para avanzar otra mujer tenía que quedarse atrás.
Hoy seguimos luchando muchas veces entre nosotras, cuando podríamos estar acompañándonos. Seguimos comparándonos, cuando podríamos reconocernos. Seguimos compitiendo, cuando juntas podríamos construir algo mucho más grande.Romper con un patrón del linaje no significa renegar de quienes vinieron antes. Significa comprender sus heridas para no tener que repetirlas.
Porque cuando una mujer deja de ver a otra como rival, algo cambia. Cuando dejamos de competir, empezamos a acompañarnos.
Y cuando nos acompañamos, la batalla deja de ser entre nosotras. Entonces comienza otra historia.
Una historia en la que las mujeres no necesitan luchar unas contra otras para demostrar su fuerza.
Porque juntas, también somos fuerza.
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